¿Qué aportamos los padres a los hijos?



El único amor incondicional que recibimos en la vida es el de nuestros padres. Un padre ama a un hijo sea de la manera que sea, independientemente de lo bueno, malo, listo, tonto, guapo o feo que sea. O así debe ser.

Amar y educar sí son compatibles. 

AMAR INCONDICIONALMENTE no significa mimar, ni consentir, ni maleducar. 

El amor incondicional implica que dejamos claro a nuestro hijo que nos importa. Que nos sentimos orgullosos de él, que nos interesa lo que sucede en su vida... que le queremos, nos interesa y nos importa por ser simplemente él.

Así que como padres tenemos dos tareas:

Por un lado proporcionar a nuestros hijos las necesidades físicas y materiales que necesitan para crecer y por otro, el armazón de seguridad emocional que necesitan para desarrollarse.

¿Y educar? 
Educar también, por supuesto. Pero educar también le educarán en la escuela, las extraescolares, la comunidad,etc. Educar educan los padres, los maestros, la familia extensa, la sociedad. Educar a un hijo es una tarea ardua y gratificante, en la que por suerte contamos con mucha ayuda.

Pero el amor, el sentir que simplemente se le quiere por ser él, es una tarea básicamente de los padres.

¿Y cómo expresar el amor, el interés y la importancia que tiene un hijo para su padre de modo que se sienta aprobado y validado?

Una de las formas es mediante la ATENCIÓN CONCENTRADA.
La atención concentrada es una atención especialmente intensa, en la que el padre o la madre dedican un tiempo exclusivamente a estar con su hijo, sin interrupciones, sin móvil, sin otras personas presentes. Un tiempo en el que estamos íntimamente abiertos a las cualidades de nuestros hijos, en el que le transmitimos que estar con él es importante para nosotros. Porque a veces estamos con los hijos, pero estamos pendientes de todo (trabajo que terminar, compras por hacer, llamadas pendientes, casa por limpiar…), y ellos LO NOTAN.

Estar en todo nos impide estar aquí por completo, en este momento, única y exclusivamente pendientes de nuestro hijo. No importa tanto la cantidad como la calidad. El encuentro constante es innecesario. Si los niños notan frecuentemente nuestra presencia sincera, toleran mejor las ausencias.

No importa si es una hora al día o veinte minutos. Pero que sean sinceros.

Úrsula Perona.

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